Las personas asumen que el silencio otorga razón a la persona que hace tal o cual afirmación. Lo que no imaginan es el camino de desesperación, educación, despertar, límites, restauración y mantenimiento que se ha recorrido.
Después de superar la realidad de una enfermedad catastrófica y todas sus secuelas en mi vida llegué a la realización (forzada) de lo corta que es esta línea de tiempo, de las incertidumbres que debo enfrentar cada día al darme los buenos días en el espejo y como debía elegir mis batallas.
El peor cáncer no es el que padecí, ni el que pudo padecer algún ser humano, es el cáncer del alma.
El cáncer invasivo del alma, el que carcome lentamente y en silencio, deja que se acepten y normalicen estados que no son saludables para tu humanidad. Es la presión de la expectativa ajena, el silencio a lo que es considerado incorrecto y la constante batalla entre lo que realmente es deseado versus lo recibido.

No he merecido todo lo que he recibido (talvés si), y lo agradezco. Extirparon mis órganos y sigo en un tratamiento que fastidia mi calidad de vida. Me tocó vivir lo que no le deseo a nadie y renuncie a la vida que sorprendió (o no) a los que me conocen.
La victimización es un estado que no comparto, la supervivencia sí. Veo los hechos y asumo la responsabilidad de mis decisiones. Al final todos debemos asumir la responsabilidad, para bien o para mal.
Me dicen que soy una guerrera porque enfrenté la realidad del cáncer desde la convicción de luchar o morir: Esa es la lección. El aprendizaje vino después cuando descubrí que había pasado demasiado tiempo siendo sobreviviente de situaciones que se habían normalizado y a las que, en vez de extirpar y darme "quimio", maquillé cada día para ocultar sus estragos.
La humanidad se coloca una venda elástica para ver lo que le es conveniente en el momento y de acuerdo a sus intereses, trabaja para ello.
He aprendido a "Dejar el equipaje en la ribera" para verme como quiero que me vean, y lo quemaré las veces que sea necesario.


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