Para esta misma fecha, hace un año, en una conversación cualquiera, solté una frase que no era chiste ni drama: era verdad. Dije: “Mi deseo para el 2025 es que Dios me cambie el estatus de ‘guerrera’ a ‘bendecida’.”

Porque sí… yo he sabido ser guerrera. He aprendido a pararme firme, a resolver, a sostener, a no quebrarme “cuando toca”. A ganar con dignidad lo que, a veces, parece que a otros les cae del cielo. Pero también te digo algo: la armadura pesa. No siempre se nota desde afuera, pero pesa. Y llega un punto en que una se pregunta, en voz baja, casi con culpa: ¿y si no tengo que pelearlo todo?

Ese día no estaba renegando de mi fuerza. Estaba pidiendo otra forma de vida. Una vida donde el amor no se conquiste a golpe de resistencia. Donde lo bueno no se negocie con dolor. Donde el “yo puedo” también incluya el “yo recibo”.

En ese momento yo miraba esa idea como un niño que ve un regalo en una vitrina: con ganas, con ilusión… y también con un poquito de envidia. Quizás porque, desde mi esquina, parecía que había personas que recibían todo sin el esfuerzo que yo he tenido que poner, sin el peso del dolor que me ha tocado vivir.

Hoy miro esa frase y entiendo mejor lo que estaba pidiendo. Porque Dios da… pero no necesariamente como una lo imagina. Y bendecir también es eso: colmar, favorecer, hacer prosperar… a veces sin espectáculo, a veces en silencio.

En estos meses —con el camino repetido, pero la experiencia distinta— me he encontrado con señales que no hacen ruido, pero sostienen. Personas que llegan justo cuando hacen falta. Un mensaje que aterriza como abrazo. Una fuerza que aparece cuando una pensó que ya no le quedaba. Un “hoy sí” en medio de tantos “todavía no”. Una risa real, incluso aquí.

He visto luchadoras inmensas; de esas que te cambian la perspectiva sin darte un discurso. Y también he visto gente a la que le falta un poco —un poco de empatía, un poco de delicadeza, un poco de humanidad— y hasta eso, aunque duela, termina enseñando.

Y con todo, mi conclusión no es épica. Es simple. Y por eso mismo es poderosa: soy bendecida.

No porque todo sea fácil, no porque todo salga como yo quiero, no porque ya no existan días difíciles. Soy bendecida porque, incluso aquí, he sido cuidada. Porque he sido sostenida. Porque el amor se me ha colado por rendijas inesperadas.

Tal vez ahí está el giro: que la bendición no siempre se ve como “ganar”. A veces se ve como descansar, como soltar, como confiar, como permitir que lo bueno también llegue sin tener que sangrarlo. Quizás este cambio de estatus no es dejar de ser guerrera; es dejar de vivir en guerra.

Es pasar del “me lo gano” al “también lo merezco”. Del “yo aguanto” al “yo me cuido”. Del “no puedo parar” al “puedo respirar”.

Estatus: bendecida. Con cicatrices, sí. Con historia, también. Pero con una certeza nueva: no todo en la vida se lucha… algunas cosas se reciben. Y yo, hoy, elijo abrir las manos.

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Quien Soy

Creadora de Apego a la Vida

Liliana Erickson, Apegada a la vida.

Sobreviví al cáncer… Y a despedidas que no hicieron ruido.
Hoy regreso a la batalla con el alma curtida, la esperanza intacta y el corazón aprendiendo a florecer de nuevo.
Dispuesta a empezar un millón de veces, pero nunca a rendirme.