Papi, qué falta me haces
Hoy es uno de esos días en los que, sin planearlo, me subo al carro y recuerdo cuando —casi por obligación— tenía que llamarte.
Quién lo diría… quién diría que hoy desearía tanto poder hacerlo.
Llamarte. Hablar contigo.
Preguntarte cómo te fue en el parque.
Decirte que esta vez no pude ir a caminar, inventar cualquier excusa, justificarme porque no saqué tiempo en la semana para irte a ver.
Tal vez decirte simplemente: “No me siento bien”,
y escucharte responder con cualquier cuento, cualquier historia, solo para hacerme sonreír y distraerme del por qué.
Porque tú y yo sabíamos que, en el fondo, sí había un por qué.
Hoy mi cuerpo no me da lo que yo quiero.
Le echo la culpa a los efectos secundarios de la quimio del viernes… y algo de eso hay.
Pero la verdad es que hay días en que me despierto así: cansada.
Cansada de tanto pleito, tanta lucha, tantas situaciones de la vida.
Y pienso: ¿qué ser humano no pasa por esto?
Tal vez a mí simplemente se me está juntando todo.

No es soledad de compañía.
Es esa soledad de sentir que nadie te entiende del todo.
De que piden tanto de ti, esperan tanto… y tú quisieras, por una vez, que alguien se anticipe a lo que necesitas.
Que te lean sin que digas nada.
Algunas personas lo hacen, pero todos tienen sus propias batallas.
Y creo que eso nos pasa a todos: sentir que damos y damos, y que los esfuerzos, muchas veces, pasan desapercibidos.
Papi, tú me haces falta.
Sí, a veces te molestabas si no te llamaba, pero siempre había algo positivo en lo que decías.
Nunca sentí que me juzgaras o condenaras.
Contigo me sentía libre de ser yo, aunque a veces te tuviera miedo —ese miedo bueno, el de saber que debía cumplir, que debía honrar lo que representabas para mí—.
No era una obligación por obligación, era un compromiso con la esencia de quien soy.
Eso siempre me hizo sentir bien.
Ese orgullo que me enseñaste no era por un apellido, sino por el valor de cada persona, por el respeto que nos debemos.
Y eso es lo que me hace falta.
No la queja. No la exigencia.
Sino ese recordatorio de quién soy, de dónde vengo y de por qué debo cuidar eso.
Te amo, papi.
A pesar del tiempo, te sigo extrañando, te sigo recordando con cariño, con felicidad.
Te recuerdo por todo lo bueno que me enseñaste y también por los momentos que no tuvimos.
Sí… te amo.


One response
Tienes un angel en el cielo que te cuida y en tu corazón está vivo y en tu memoria imborrable.eres una verdadera guerrera única al final de eso se trata ser auténticos justos y dignos,todos estamos en la lucha con obstáculos diferentes . Los valores nos hacen fuerte.Dios sea siempre amuleto preferido tu norte basado en ti te quierooo