Hoy regresé a la Basílica Nuestra Señora de la Altagracia a dar gracias a la Virgen.
El pasado mayo vine a este mismo sagrado templo a pedir un milagro, tras recibir un diagnóstico positivo de cáncer de mama, luego de haber superado uno anterior hace cuatro años.
El milagro que pedí no fue evitar la batalla, sino que el cáncer fuera operable, que tuviera la oportunidad de lucharlo.
Hoy regreso a agradecer el milagro que recibí. Porque el cáncer fue detectado a tiempo. Porque no había hecho metástasis y pudo ser operado. Porque, aun siendo agresivo, tiene tratamiento. Y porque cuando creí que no podría costear todo el proceso, la vida —con la ayuda de Dios— se organizó para hacerlo posible.
Hoy estoy aquí agradecida: fui operada, recibí quimioterapia, termine la radioterapia justo antes de navidad, y continúo en tratamiento durante un año para evitar que vuelva a desarrollarse.
En la misa de hoy encontré una gran multitud que llegaba en peregrinación. Personas cargando historias, promesas, miedos y esperanzas. Yo era una más entre ellos… y al mismo tiempo, testimonio.
Durante la homilía, el sacerdote dijo algo que me atravesó el corazón:
“Que sus vidas sean testimonio de la gracia de Dios.”
Y ahí estaba yo. Presente. Agradecida.
Pero también con este gran miedo que aún habita en mí. Volviendo a pedir por mi salud. Pidiendo que los estudios salgan limpios, que confirmen que estoy libre de cáncer, sana, en paz.
Hoy no vine a negar el miedo.
Vine a mirarlo de frente y a ponerlo a los pies de la Virgen.
Quiero sentir el alivio de esta opresión en el alma.
Quiero poder decir, con verdad y sin temblar:
“Lo superé. Y no volverá más.”
Reconozco que el milagro ya ocurrió y confío en que seguirá ocurriendo cuando los estudios confirmen que estoy formalmente libre de cáncer.
Y con el favor del Señor y la intercesión de nuestra Señora de la Altagracia, creo profundamente que así será.
Venceremos nuevamente y para siempre


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