Hoy es San Valentín.
El día del amor.
Y yo pienso en algo distinto.
El próximo martes tengo tratamiento.
Y aunque cada día me siento mejor —superando los efectos de la quimio y la radioterapia— eso no significa que todo sea ligero.
Hay días en los que el cuerpo pesa.
En los que la energía no alcanza.
En los que emocionalmente toca recordarse que esto es un proceso, no una línea recta.
Sigo en terapia de bloqueo HER2.
Sigo esperando ese PET-CT limpio.
Sigo caminando.
Y también sigo soñando.
Estoy emocionada con mis proyectos.
Dando seguimiento. Construyendo. Planificando. Porque el cáncer no me quitó las ganas de vivir.
Me las afinó.
Y en medio de todo esto, he entendido algo más profundo sobre el amor.
El amor no es solo flores ni cenas bonitas. El amor es presentarse al tratamiento aunque dé miedo. Es seguir creyendo cuando el cuerpo está cansado. Es agradecer los días buenos sin negar los difíciles.
Y si el amor tiene rostro, tiene acento español (o una mezcla Asturiana/Dominicana) y manos cálidas que saben sostener en silencio.
Gracias, Miguel.
Por quedarte cuando el camino se puso incierto.
Por ser equilibrio cuando me siento frágil.
Por no intentar salvarme, sino acompañarme.
Amar en la salud es fácil.
Amar en medio del cáncer es una decisión.
Gracias por elegir quedarte.
Por elegir caminar conmigo incluso hacia una sala de tratamiento.
Eres mi “yang”.
Y contigo, incluso en los días más pesados, la vida sigue siendo hogar.
El amor, hoy, es apego a la vida.
Y yo me quedo. 💛


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