Siempre busco el lado positivo de las cosas, enfrentar, sacar ánimo de cualquier lugar para enfrentar la realidad. La cruda realidad.
Hoy fui a tomarme las muestras de mi revisión semestral, con una sonrisa entré al cubículo donde me harían la extracción de las muestras y saludé a la bioanalista que me fue asignada.
Fiordaliza, recuerdo su nombre por una compañera de colegio, conversamos sobre su nombre y los apodos que ha tenido a lo largo de su vida. Al momento de la toma de muestra debo explicarle que solo puede extraer sangre del brazo derecho, lo que inicia toda una explicación de mi proceso y hacer la salvedad de que estoy bien.
Como es costumbre (por lo menos en mi experiencia) pidió apoyo de una compañera por mi situación particular: tengo un brazo útil para este fin y mis venas se esconden y rompen. Es por ello que siempre tienen cuidado porque si no, termino como un colador tratando de encontrar de donde sacarme las muestras.
Finalmente, el proceso fue un éxito, a la primera encontraron la vena y se pudo extraer todo lo necesario sin mayores complicaciones. Al salir, solo seguí mi rutina de domingo tratando de no pensar en lo que significa cada vez que me hago pruebas.
La verdad es que es mentira. Siempre vivo con la angustia y la ansiedad de si algún valor saldrá fuera de lo esperado. Siempre pienso en si hay algún estudio que no se indicó y que puede ser determinante para un diagnóstico temprano.
Es aquí donde todo se vuelve más oscuro. ¿Estaré preparada para enfrentar otra vez todo esto?
Me escudo en una vida, un día a día, una familia, un amor, mis amigos, no obstante la angustia no se va. Se supone que estoy acostumbrada a la espera de los resultados, pero no dejo de revisar la app del laboratorio para ver que sale. Siempre preguntándome por donde me atacará la próxima vez, cómo lo he de enfrentar o si tendré valor nuevamente para vivir ese proceso.
Las pesadillas sobre el cáncer nunca se van, siempre tienes un recordatorio, así sea una foto, un comentario o solo verte al espejo y ver las marcas de la cirugía y donde estaba el puerto para la quimioterapia. Hay días donde solo te miras y te dices: “Ya lo superaste”, pero otros, simplemente vienen a tu mente todo lo que viviste durante ese proceso. Quienes estuvieron, quienes no, lo que esperaba que sucediera y lo que al final sucedió. En mi caso, es una mezcla de sentimientos encontrados, la gratificación de los grandiosos momentos de autoconocimiento contra la desesperante angustia de pérdida. Ver mi cuerpo mutilado, con mis "heridas de guerra", los traumas causados por la enfermedad y los que simplemente explotaron con el proceso.
Hasta el cáncer pensé que tenía mi vida bajo control, forzosamente aprendí a no esperar nada de la vida ni las personas, mis sentimientos de credulidad ante las buenas intenciones me dejaron tragos amargos. Creí en las palabras de aquellos que me dijeron que siempre podría contar con ellos, llevándome la decepción del engaño, traición y maltrato. Ví mi vida cambiar, cómo tuve que hacerme cargo de mí al descubrir que estaba sola, sin importar lo que hubiese hecho en el pasado, o lo que entregué desde el fondo de mi corazón, sintiendo que no hay justicia ante los 43 años que tengo en este plano existencial, donde lo único que esperaba era que se me tratara como yo lo había hecho.
Tengo una vida nueva, una donde tengo todo lo que siempre deseé, menos la angustia de tener el peso de esta enfermedad en mis hombros, que siempre es un recuerdo de todo lo que he vivido. Me he demostrado que puedo yo sola con mi vida, puedo ser productiva, trabajo lo que me apasiona y los que me rodean me aman. Mis hijos, mis amigos, mi pareja, mis clientes, me reafirman cada día cuanto significo para ellos, cuanto me aman, me disfrutan y me apoyan.
Una semana de angustia, es lo que enfrento. Seguir cada día recordándome ser agradecida de esta oportunidad de una nueva vida, abriendo las cortinas para que las sombras del pasado y la enfermedad no empañen mis sueños.
La realidad, esta es una batalla del día a día.


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